10 diciembre, 2017

La Congregación

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Fundador: Pedro Julián Eymard (1811-1868)

Fundador de la Congregación del Santísimo Sacramento y de las Siervas del Santísimo Sacramento.

Nació en La Mure (Grenoble-Francia) el 4 de febrero de 1811

Murió en La Mure (Grenoble-Francia) el 1 de Agosto de 1868

Fue beatificado por Pio XI el 12 de julio de 1925 y canonizado por el Beato Juan XXIII el 9 de diciembre de 1962. Su fiesta litúrgica se celebra el 2 de agosto.

Vivió en la Francia del siglo XIX (1811-1868) en un clima religioso a menudo difícil, marcado por las consecuencias de la Revolución francesa. San Pedro Julián tuvo, ya desde su infancia, una fe marcada por la Eucaristía; sus visitas al S. Sacramento eran frecuentes. La  decisión de llegar a ser sacerdote la tomó precisamente el día de su Primera Comunión en 1823.

Se ordenó sacerdote en Grenoble el 20 de julio de 1834.

Su espiritualidad, marcada al inicio por una ascética penitencial, consecuencia del Jansenismo reinante especialmente en la espiritualidad religiosa de los pueblos de la campaña, evolucionará hacia una visión positiva de la vida, y el amor de Dios será vivido de manera muy particular en la Eucaristía, sacramento del amor por excelencia.

El 20 de agosto de 1839 entró en la Congregación de María, los Padres Maristas, del P. Jean Claude Colin, que era recién nacida nacida en Lyón. Después del primer período de Formación, el P. Eymard tuvo varios puestos de dirección, tales  como Superior de Comunidad, Provincial de la Provincia marista francesa y Visitador apostólico.

Piensa entonces en instituir, dentro de la congregación marista, un instituto secular dedicado a la adoración reparadora.

En 1851, en el santuario mariano de Fourvière (Lyon), vivió una profunda experiencia espiritual donde comprendió la necesidad de la Eucaristía para la renovación de la vida cristiana y para la formación de los sacerdotes y de los laicos. Escribe en este período: “He reflexionado a menudo sobre los remedios para esta indiferencia universal, que se apodera de manera escalofriante de tantos católicos, y encuentro uno solo: La Eucaristía, el amor a Jesús eucarístico. La pérdida de la fe proviene de la pérdida del amor” (Carta del 22 de octubre de 1851). Y dice también: “Hay que ponerse inmediatamente a la obra, salvar las almas con la Eucaristía y despertar a Francia y a Europa sumergidas en el sueño de la indiferencia, porque no conocen el don de Dios, a Jesús, el Emmanuel de la Eucaristía. Hay que esparcir la chispa del amor  en las almas tibias che se creen piadosas y no lo son, porque no han fijado su centro y su vida en Jesús en el tabernáculo” (Carta del 11 de febrero de 1852).

Su vocación eucarística nace por tanto, en gran parte, de esta constatación que para él es una llamada, una misión.

La fuente de la misión de la Congregación está indicada el número 34 de nuestra Regla de Vida: “Tratamos de comprender toda la realidad humana a la luz de la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia»”

La vida eucarística que el P. Eymard propone no se reduce a la sola dimensión contemplativa. El escribe: “Una vida puramente contemplativa no puede ser plenamente eucarística: el fuego tiene una llama” (Carta del 1 de mayo de 1861).

Fundó la Congregación del Santísimo Sacramento, que nació en Paris el 13 de mayo de 1856, con la aprobación del Arzobispo Mons. Marie Dominique Sibour y a las Siervas del Santísimo Sacramento.

Inspiró el nacimiento de la Asociación de los sacerdotes adoradores y de la Agregación eucarística para los laicos, se empeñó en la obra de la primera comunión de los adultos y de los jóvenes obreros, por medio de la predicación, de la dirección espiritual y de un apostolado múltiple. La idea de los Congresos eucarísticos internacionales hay que orientarla ciertamente a su inspiración. Fue precisamente por su compromiso en la preparación de los jóvenes obreros a la primera comunión que había recibido la aprobación del Arzobispo de París, Mons. Sibour.

Durante el mismo período trabajaba también en la fundación de una rama femenina de su obra y con la colaboración de la Señora Marguerite Guillot, dio vida en 1858 a  la Congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento.

En 1865, el P. Eymard estaba en Roma esperando una respuesta de la Santa Sede respecto a la cuestión de una posible fundación en el Cenáculo de Jerusalén, y realiza un retiro de más de dos meses (25 Enero – 30 Marzo). En sus meditaciones llegó a la conclusión que, a imitación de Jesucristo en la Eucaristía, él debía donarse totalmente, renunciar al propio yo y dejar vivir a Jesús en él. Toma como referencia las palabras del Bautista al comienzo del evangelio de Juan: «Vosotros sois testigos de lo que os he dicho: Yo no soy el Cristo, he sido enviado delante de Él. Quien posee a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está presente y escucha, goza con la voz del esposo. Mi alegría está cumplida. Él debe crecer y yo menguar» (Jn 3, 28-30).

El «don de sí mismo» se propone a los religiosos del Ssmo. Sacramento en el n° 4 de la Regla de Vida: «No podemos vivir la Eucaristía sin estar animados por el mismo Espíritu que llevó a Cristo a entregar su vida por el mundo… Asociados al don que Él hizo de sí mismo, nos ponemos al servicio del Reino, realizando las palabras del Apóstol: no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

El don de sí mismo es una meta difícil, pero Eymard indica también la senda para llegar hasta ella, la del amor: El amor, he aquí el primer punto de partida de la vida cristiana; es el punto de partida de Dios hacia su criatura, de Jesucristo hacia el hombre; nada más justo, entonces, que sea también el del hombre hacia Dios. Pero, antes de ser punto de partida, es necesario que el amor de Jesucristo sea un punto de profundo recogimiento de todas las facultades del hombre: una escuela donde aprender a conocer a Jesucristo. Especialmente en la oración, el alma conoce a Jesucristo y Él se revela a ella» (S. Pedro Julián Eymard, La Eucaristía y la vida cristiana).

La evolución de su comprensión de la Eucaristía continuó hasta su muerte. Poniendo en evidencia la dimensión de la acción de gracias, la celebración y el poder formativo sobre todo por medio de la comunión, entendida como lugar de la educación del alma por parte de Jesucristo.

Su visión de la Eucaristía subraya la presencia real: “La santa Eucaristía es Jesús pasado, presente y futuro”, “Feliz el alma que sabe encontrar a Jesús en la Eucaristía, y en Jesús Eucarístico todas las cosas”; por otra, intuye en esta presencia una fuente de dinamismo: “La Eucaristía es gracia de apostolado; Jesús está allí presente, por tanto a Él, en Él, por Él”. Esta fe se nutre de la celebración, de la meditación sobre la Palabra de Dios, de la adoración eucarística. Es interesante subrayar que el método para la adoración que aconseja a sus religiosos y a los laicos comprende cuatro momentos en los cuales centrarse en cada uno de los cuatro fines del sacrificio presentes en la celebración de la misa: sacrificio de alabanza (adoración), acción de gracias, propiciación (reconciliación) e intercesión o súplica. Para el Fundador de los sacramentinos éste es sencillamente un método, ya que el objetivo es llegar a la verdadera oración, como afirma en el nº 17 de las Constituciones: “El mejor modo de adorar al Señor es el que el Espíritu infunde y suscita en un corazón humilde y sencillo. Por tanto, que cada uno siga su gracia, y progrese en el sagrado recogimiento y en las virtudes del amor, a los pies del Señor, para que con María sea llamado a la parte mejor”. Aquí resulta evidente que la adoración eucarística es un ejercicio de contemplación.

El P. Eymard muere en la misma casa donde nació, en La Mure, el 1 de agosto de 1868, teniendo apenas  57 años de edad, extenuado por su intensa actividad. Sus palabras permanecerán siempre ardientes como el fuego, y sus escritos ricos en invitaciones a la alegría y al agradecimiento. Hubo que esperar hasta 1962 para que, debidamente reconocidos como milagros la curación de un sacerdote francés y la de una mujer australiana, el 9 de Diciembre, al finalizar la primera sesión del Concilio Vaticano II, en presencia de una gran cantidad de Padres conciliares y fieles, Juan XXIII proclamara santo a Pedro Julián Eymard.

 

La Congregación

En el Capítulo general extraordinario, celebrado en París en Noviembre de 1887, bajo la presidencia del arzobispo Mons, el P. Tesnière fue elegido Superior general. “Elegido, la obra del padre continua”, telegrafió él mismo a la señorita Giraud-Jordan. Se volvió al texto de las Constituciones del P. Eymard, que fueron aprobadas definitivamente por la Santa Sede el 8 de Mayo de 1885. Desde entonces, la Congregación del Santísimo Sacramento, a pesar de las medidas excepcionales que, como a otros institutos religiosos, le afectarían en Francia, se pudo desarrollar normalmente.

En 1890, la Congregación cuenta con unos sesenta religiosos. A pesar de las incertidumbres de la época, se abre al futuro. Gracias a la acción de los Sulpicianos de Montreal, que orientan a algunos jóvenes canadienses hacia el noviciado y escolasticado de Bruselas, y con la ayuda de la señorita Hébert de la Rousselière, se funda una comunidad en Montreal el 21 de Noviembre de 1890. El P. Estévenon fue el primer superior. Este fue el punto de partida de un considerable esfuerzo en Québec y, con la fundación de New York en 1900, en los EE.UU. de América.

Se implantan comunidades en nuevas áreas culturales. En 1897, con ocasión de la consagración del país al Sagrado Corazón, se funda una comunidad en Bolzano (entonces Imperio austro-húngaro, actualmente norte de Italia) donde se construye un templo nacional de la adoración.

Poco después, en 1900, se abre una comunidad en Turín, que se convertirá en un centro importante de las obras eucarísticas en Italia.

Lo mismo sucedió con New York, en el mismo año; con Baarle-Nassau en los Países Bajos, en 1902; Nimega (Holanda) y Buenos Aires (Argentina) en 1903; Tolosa (España) en 1907; Santiago de Chile, en 1908; Río de Janeiro (Brasil) en 1926; Montevideo (Uruguay), en 1927; y Melbourne (Australia) en 1929, tras el Congreso Eucarístico Internacional de Sydney. Se van abriendo comunidades sacramentinas en Alemania, Suiza, Austria y Checoslovaquia.

El año 1931, marca una nueva etapa en la organización de la Congregación, con la creación de cinco Provincias, realidades nacionales que disponen de cierta autonomía en el reparto de sus efectivos, en la organización de la vida de las comunidades y en la gestión de los recursos humanos. Para asegurar su desarrollo, crean casas de acogida vocacional y de formación. En 1935 se funda una comunidad en Leicester (Inglaterra). En la vigilia de la segunda contienda mundial la Congregación cuenta ya con más de 900 religiosos y está presente en numerosos países de Europa y América, y también en Oceanía.

Después de la guerra mundial se produce una desarrollo general, con crecimiento del número de religiosos y apertura de nuevas casas, especialmente en Europa (por ejemplo Irlanda, en 1969) y en Norteamérica. En América Latina, se abren comunidades en Venezuela (1948) y Colombia (1951), en Cuba (1953) y Perú (1962). En el continente africano, fue en 1948 cuando la primera comunidad se instaló en Mozambique, país en el que, años más tarde, la congregación sacramentina contaría con su primer obispo, Mons. Mandlate. Después llegarían las fundaciones de Congo-Brazzaville (1957), de Congo-Kinshasa (1958),  Senegal y Uganda (1959). La última fundación en África es Camerún (2005).

Asia abre sus puertas en Manila (Filipinas) y Colombo (Sri Lanka) en el año 1955. En 1964, tras el Congreso eucarístico internacional, se establece una comunidad en Bombay (India). Finalmente, en 1970, un grupo de religiosos vietnamitas abre una comunidad en los alrededores de Saigón.

Este panorama permite contemplar rápidamente la difusión de la obra del P. Eymard a través del tiempo y del espacio. Él había soñado «cubrir la tierra con el fuego de la Eucaristía». Poco a poco, su sueño se va haciendo realidad.

En los 150 años de historia de la Congregación, los sacramentinos han concretado la inspiración del P. Eymard, sobre todo, tratando de vivir ellos mismos de la Eucaristía poniéndola en el centro de sus vidas, por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, la celebración solemne del oficio divino y la adoración. Estos aspectos litúrgicos-sacramentales se han convertido sujeto de prescripciones precisas en las Constituciones aprobadas por el papa León XIII en 1895. La primera misión es, la de vivir testimoniando aquello en lo que se cree. Además, los religiosos SSS continuaron las obras ya comenzadas desarrollándolas según la inspiración del Fundador.

La Agregación del SS. Sacramento dirigida a los laicos que querían compartir el carisma de nuestro Instituto, orando ante la Eucaristía, viviendo de este sacramento y comprometiéndose en sus implicaciones de carácter práctico, como el servicio a los pobres.

Después del Concilio Vaticano, nuestra misión se desarrolló principalmente hacia el exterior, las comunidades se hicieron más pequeñas, no solo por la disminución de las vocaciones, sino para hacerse más dinámicas.

Se desarrolló de manera notable la pastoral parroquial. De hecho, hoy en día, nuestra presencia está casi en su totalidad dedicada a la pastoral parroquial, mientras que antes del Concilio el número de parroquias era muy limitado, por no decir inexistente.

 

La Misión

La Regla di Vida, redactada después del Concilio y aprobada en 1984, enumera los ámbitos de nuestra misión hoy, pero teniendo presente que se trata de una presencia específicamente eucarística.

1 Misión profética: Profundizar en la comprensión teológica y práctica de la Eucaristía a partir de la tradición y del Magisterio, y trasmitirla a los demás.

2 Misión de compromiso social: una comunidad que celebra la Eucaristía está llamada a compartir la misión de Cristo que anuncia a los pobres la buena noticia del Evangelio y a los cautivos la libertad.

3 Misión de unidad: promover la unidad entre nosotros, en el corazón de la comunidad cristiana, entre todas las confesiones y entre todos los que buscan la unidad en el mundo.

4 Al servicio de la Palabra: Tal y como Cristo explica la Escritura a los discípulos de Emaús, también nosotros tratamos de desarrollar este ministerio anunciando el Evangelio, en las catequesis y la predicación de retiros.

5 La Liturgia: Trabajamos en el campo de la animación y de la formación litúrgica para que toda celebración pueda ser una experiencia de fe y fuente de compromiso.

6 Al servicio de las parroquias y de las comunidades: las parroquias animadas por nosotros serán de forma particular modeladas por la Eucaristía, fuente y centro de su vida.

7 Centros de retiros y oración: pueden encontrarse en los centros de la ciudad, que ofrecen espacios de acogida, oración, acompañamiento espiritual y reconciliación. Pero también de una renovada catequesis.

8 Compartiendo nuestro ideal: se incluyen en este servicio las asociaciones tradicionales de los Sacerdotes Adoradores y de la Agregación pero, también las instituciones más recientes como LITE (Vida en la Eucaristía), Misiones al pueblo.

9 Al servicio de los sacerdotes: «Nos ponemos a su servicio por la acogida, la animación y la formación, estimulados en ello por el ejemplo del Padre Eymard que decía: “dejaría todo por los sacerdotes”».

10 Prensa y medios de comunicación social: conscientes de la influencia de estos medios, los empleamos para que la Iglesia entera se convierta en un pan partido para un mundo nuevo. Una visión de la Eucaristía en vistas a la transformación del mundo.

En definitiva, nuestros esfuerzos para una misión renovada deben concentrase en dos aspectos:

  1. La Iglesia ha recuperado la centralidad de la Eucaristía, pero sigue abierto el desafío sobre cómo transformar esa centralidad en una concreta experiencia de vida a nivel personal, familiar, parroquial, diocesano, social. He aquí un desafío importante de nuestra misión eucarística hoy: ofrecer pasos formativos y pedagógicos para que la participación en la Eucaristía – particularmente en el día del Señor – sea verdaderamente el corazón palpitante de la Iglesia y la fuerza modeladora de una sociedad justa y solidaria.
  2. Junto a éste, nos interpela hoy otro desafío gran desafío como Sacramentinos: cualificar y especializar nuestra misión. La Iglesia espera de nosotros una contribución original y específica en todo aquello que se refiere a la Eucaristía. Esto está estimulando a nuestros religiosos, en particular a aquellos de la parte más joven de la Congregación, a cualificarse a través de un recorrido formativo serio y exigente. Pero este desafío compromete también a cada comunidad a ser creativa y valiente, y expresar así la misión sacramentina en toda su riqueza.